9 nov
30 nov

Ateneo de Málaga en las Salas expositivas de la segunda planta



El tiempo pasa.
El tiempo pasa. Me imagino a mi madre, Capilla, bajando al taller de nuestra casa. Cuando yo vivía allí, compartíamos todos los días una rutina repetitiva y eficaz. La primera que llegaba ponía la radio. Tras este gesto, una llamada a la jornada de trabajo, acudía la otra y empezábamos a acumular nuestros materiales e historias sobre las mesas.
Las piezas de esta exposición no forman parte de un proyecto unitario, sino que recoge obras gestadas durante los últimos diez años. La distancia temporal explica las variaciones formales y técnicas de unas series a otras, en las que apreciamos diferentes etapas de producción. Las técnicas empleadas van desde el temple al huevo o el óleo, a las tintas y la acuarela; se combinan materiales nobles con otros cotidianos. A pesar de la diversidad de las propuestas, todas las piezas son objetos de pequeño tamaño y carácter íntimo, que se acercan al formato de libro o poema objeto. Responden a inquietudes que han estado siempre presentes en la obra de Capilla: la búsqueda de la identidad, el paso del tiempo, la imposición de los estereotipos culturales o la convergencia de sueño y realidad.
Las obras más tempranas se remontan al 2008, son las más abstractas y bidimensionales. En estos cuadros distinguimos cubos apilados con tonos ultramar, rosas y celestes manchados con oro. Aparecen textos manuscritos de aparente solemnidad, en el fondo ilegibles. Con guiños claramente barrocos, esta serie gira en torno a los engaños que hemos llegado a interiorizar a fuerza de repetir, bajo el peso de lo que queremos creer que es frente a lo que vemos que está.

La primera escultura.
La primera escultura de mi madre que recuerdo me la dedicó a mí, cuando era niña. Es un cojín con plumas que servía para que aprendiera a volar en los sueños. Sobre la tela, se veía impresa la imagen de una sirena con muchas cabezas; al lado, un texto manuscrito a lápiz rezaba “soñé que volé, yo quiero volar”. Esta escultura es un poema que contiene el deseo de compartir una experiencia individual maravillosa, que habla de una acción potencial en el futuro. La obra de Capilla es inocente como este cojín que desea, aunque sin pretensión aparente. Surge a partir de las vivencias cotidianas, dando lugar a piezas que son personales a la vez que universales, identificables por todos.


Figuras y cajas.
En los últimos dos años, las abstracciones de Capilla se han transformado en figuraciones. Siguen la inercia de lo inevitable, fluyen con el tiempo y se transforman en función de las necesidades. Ahora los protagonistas de estas piezas son simbólicos, se comportan como alegorías o prototipos sociales que todos podemos identificar. Las obras hablan de historia y tradición, nos interrogan acerca de lo que nuestra propia cultura nos ha transmitido. Las figuras siguen presentándose apiladas, acompañadas de textos que no podemos entender , como ocurría con los cubos abstractos. Hay un giro hacia lo tridimensional, con la frecuente presencia de objetos en cajas. Los elementos se insertan dentro del marco de madera; son
fotogramas del cuerpo presentados al estilo del entomólogo o del coleccionista. Están fragmentados y clasificados con cartelas, en un intento de darles sentido. Organizados así, los miembros disgregados o desaparecidos presentan actitudes sufrientes y vulnerables. Las notas de humor los separan de lo icónico para acercarlos a lo cotidiano. La solemnidad, en este sentido, es una herramienta para subvertir al icono, pues actúa como garantía de veracidad de lo que vemos. Una vez nos atrapa en su apariencia, las contradicciones de la imagen revelan el engaño.

Delia Boyano López de Villalta Galería Simon Lee, Londres